viernes, 9 de enero de 2009

A PROPÓSITO DE CUBA...

Ha sido noticia mundial la efemérides revolucionaria encabezada por el clásico barbudo latinoamericano. Sin duda, un acontecimiento de esa naturaleza debe ser considerado en todas sus circunstancias, implicaciones y consecuencias. Por supuesto, con esa visión maniquea de la historia que todavía padecemos, para unos será motivo de justificación y exaltación a ultranza, y para otros será una ocasión más de ejercitar ese rencor recalcitrante que huele a moho.
No cabe la menor duda que cincuenta años tienen una importancia muy significativa. Para simpatizantes y detractores. La Revolución Cubana ha sido un paradigma de revolución. Quien sabe las condiciones que la originaron y los sucesos que fueron conllevándola, no podrán poner en duda esa afirmación. Lo que vino después es otra cosa y merece un análisis serio y consistente... Algo que tampoco se puede negar es la repercusión que ha tenido directa e indirectamente en la vida de todos los países del continente. Por la Revolución es que Cuba ha llegado a ser una entidad mítica. Y todo lo cubano un universo por el que se manifiestan todos los sentimientos más encontrados. Depende de qué lado del pecho está el corazón...
Cuba ha sido para mí más que esa entidad mítica. A lo largo de mi existencia me ha enviado señales tan diversas, que puedo confesar cómo todo lo que en ella ocurre me interesa. Y no hablo en el sentido estrictamente político. Creo que esa parcialidad de enfoque con la que se nos hace llegar lo que ahí acontece, es la que ha perjudicado el conocimiento correcto de su devenir histórico. No me refiero a su historia reciente de cincuenta años de Revolución, sino al devenir de toda su historia, desde el arribo de los conquistadores españoles en las primeras décadas del Siglo XVI... Después de cumplir el rol de enclave en El Caribe, tanto para las acciones de guerra, de colonización y comercio que saturaron agitadamente los siguientes dos siglos y medio, Cuba alza los estandartes de la independencia y abona premonitoriamente el destino de los demás pueblos de América y ofrece el pensamiento, la poesía y la esperanza de uno de sus grandes mártires: José Martí... Esa inteligencia admirable y ese espíritu prócer se elevaron sobre sus despojos terrenales y desde siempre figura como símbolo de la dignidad de nuestros pueblos.
Un día descendí del avión y caminé largamente por las interioridades de su geografía y su pueblo. Y supe lo que era adentrarme cómodamente en una dimensión de vida que quizá no exista en otro lugar del mundo. Y comprendí que la Revolución era una etapa más de la historia de ese pueblo, que ya sabía desde su antigüedad lo que era vivir esfuerzos mayores, luchas redentoras. Para alcanzar el lugar que le corresponde en los escenarios de la dignidad y la soberanía. Esta no es una exaltación necesariamente política sino humanitaria.
Creo que los mejores jueces de su situación y su destino son los mismos cubanos. A mí me corresponde, luego de mis pasos de turista, decir el testimonio de un encuentro sin convencionalismo alguno. Para decidir el viaje me dije que era importante llegar antes que Fidel desapareciera, y así fue. Hace por lo menos diez años, en grave tensión por el embargo. Toda persona, sin importar la edad, tenía una sonrisa y una actitud pacífica. De día la plenitud del sol iluminaba toda belleza natural. De noche, esa oscuridad extrema a la que nos llevaba la falta de adecuados servicios de iluminación pública, no era limitante para caminar como vagamundo que soy, ni para alentar el regreso a casa de trabajadores y noctámbulos. Y digo que eran horas de madrugada.
Las mañanas eran una consagración ambulando por el malecón frente al mar... A medida que avanzaba el día, qué manera de sudar bajo ese sol que sabe teñir la piel con un color ardiente. El andar trigueño es un canto que siempre me persigue... Los atardeceres aireaban a los niños, a los jóvenes y a los viejos, parloteando en sus sillas sobre las anchas aceras, para ventilar su melancolía, su pobreza y su resignación. La Cuba que yo conocí no era ya una Cuba revolucionaria, sino una Cuba "fidelista". Tantos años de afirmarse en la única opción posible, ya que los disidentes vivían y hablaban a noventa kilómetros de distancia, bajo la tutela de sus anfitriones yankis.
En Cuba todos hacen algo, hasta los que no trabajan. El que no suda su salario, canta y baila con su mirada suspendida de un sueño. Pocos seres hay en el mundo que sean tan generosos en su angustiante pobreza, como pocos son los espíritus que nutren sus entusiasmos y esperanzas en las profundos estratos de su identidad plural.
La educación para todos no es un lema de gobiernos farisaicos. Los cubanos son seres inteligentes, resultado de una educación a la medida de su responsabilidad ciudadana. Los cubanos son seres sensibles, para la creación y el gozo, porque su naturaleza siempre ha sido espontánea y vivaz.
El trópico ha hecho de la isla caribeña un escenario de grandeza. Sobre el mar que hace juegos con todas las posibilidades del azul, todo es claridad y sosiego. Pero en muy poco tiempo, sin mayores señales de amenaza, como para causar una consternación terrorífica, hay que ver de qué manera cae una estruendosa tormenta que borra el horizonte entre cielo, mar y tierra, como si fuéramos las primeras víctimas del Juicio Final. Sin embargo, tras la borrasca diluviana, acto de magia o final de una pesadilla, el cielo vuelve a ser espléndido y el sol abrasador consume casi instantáneamente toda huella de humedad sobre la tierra. La gente sabe "pasar el agua", escondida donde puede. Se sacude las últimas gotas de agua y continúa su camino, en un fluir de formas y figuras que bien merecen cualquier tortura pasional...
Aquellos fueron días de gloria, bajo un techo sencillo. Elemental. Una bicicleta china me llevaba en su dureza incómoda recorriendo todos los rumbos de La Habana, siguiendo las etapas constructivas que subsisten como compendio de la historia de su arquitectura. La comida escasa y furtiva. Toda compra a un precio mucho mayor que para los cubanos, en una ilógica conversión que nunca comprendí. Por un libro, por ejemplo, diez pesos para el cubano y diez dólares para el extranjero. Así es en casi todo ese mundo desconcertante.
Cómo recuerdo ese árbol de flores incandescentes al pié de mi ventana. El rumor de los pasos y las ropas ligeras sobre las aceras. Los saludos gentiles en respuesta a mis saludos amables. Días de estudio en la vagancia de las horas. Y más vigilante en su abstracción que el faro luminoso del puerto, el espíritu de La Revolución. Y
más garante de ese bastión de resistencia, la red humana que en el secreto de sus conciencias formaba una estructura inquebrantable a cualquier deslealtad: los comités ciudadanos capaces de detectar cualquier disidencia o riesgo de fallar al compromiso de vulnerar la estructura del estado. Yo lo ví. Yo lo viví.
Tan real, como que en la brevedad del tiempo pude penetrar en la naturaleza de todo un pueblo.
La noticia de la Revolución Cubana había llegado a mis oídos de niño antigüeño como una conflagración universal. En mi casa corría el rumor de una inmensa desgracia que habría de hacernos sucumbir a todos. Se hablaba en voz baja por temor a no parecer cómplices de ese hecho en la isla de tan imprevisibles consecuencias. Cincuenta años después "las barbas siguen en remojo". Escasas, pálidas y desencajadas quizá, pero con la misma bandera en los millones de cubanos que mantienen viva la esperanza. Mientras, su descomunal enemigo se ve obligado a corregir el rumbo de su historia. Y yo, camino de la redención, vuelvo mis ojos a la poesía de una piel, una voz y una mirada que duermen su encanto en la lejanía del mar.

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