Durante varios días he permanecido en el recogimiento de mi casa, disfrutando de la paz y el sosiego que pueden brindar el silencio inagotable, la templanza del clima y la comodidad básica de los ambientes interiores: qué grato me resulta estar en nuestra sala con los libros a la mano, las pinturas que recrean los lugares emblemáticos de esta ciudad natal y los objetos que recuerdan cada viaje... Qué satisfacción me causa la seguridad del reposo en nuestro dormitorio aireado y luminoso y cuánto se recrea la mirada en nuestro patio espacioso y fresco con sus plantas bien floridas... La memoria activa, todo pensamiento y la sensibilidad dispuesta. Percepción de lo que es y existe, desde dentro y desde fuera... La vida que discurre... Conciencia de la vida que discurre...
Lejos del bullicio es otra la dimensión del tiempo, otra la manera de comprender la realidad.
Los recuerdos se precipitan en el caos. Es tal la libertad que encuentran por llenar la laxitud de nuestro espíritu. La imaginación es un reguero que suplanta lo que vemos. Es tal el arrebato, que muchas veces con el libro entre las manos ya no sé si lo que pasa por mi mente es una visión de lo que leo o son imágenes intrusas que suplantan lo que van dictándome las palabras de lo escrito. Allá voy a ratos, dejándome llevar por los impulsos de mi ser. Acaso no son estas las privilegiadas instancias para la expansión del espíritu...? De las excepcionales formas de experimentar, fugaz, la libertad...?
Ese hilo que conduce la noción de cuanto ocurre va diciendo nombres, señalando objetos, ubicando instancias, revelando pareceres, definiendo ideas... Organiza el pensamiento y siempre me parece un fluido que se escucha... Es eso: estoy seguro que es una voz... Es más: estoy seguro que es mi voz. Esa enunciación que dice y que me dice... Esa expresión que me habla y con la que hablo, la expresión genuina de mi ser. La voz que me habita y me confiere identidad, ante mí y ante los otros. No sé cuándo fue que descubrí la exitencia de esa voz, la existencia de mi voz. Pero no hay duda que sólo fue posible, alguna vez como en estos tiempos de interiorización profunda cuando pude dar con ella. Estoy seguro que sólo pude dar con ella y reconocerla siempre en la hondura del silencio más abstracto. Porque la voz no es ese sonido que los demás escuchan cuando hablamos o al proferir la queja o el sollozo. La voz es la entidad audible del ser que nos habita. Que bien puede radicar en la mirada o en el gesto. No hace falta proferir sonido alguno... Por eso es que muchos no saben bien cómo es que somos en la auténtica naturaleza que nos integra, porque el bullicio que siempre nos acosa y los ruidos que siempre afectan la comunicación entre los seres, no deja llegar a los demás esa voz de nuestro ser.
Ha pensado alguna vez si la voz de esa persona que le habla es su voz espiritual, por decirlo de algún modo? No se ha percatado usted alguna vez que a la presencia corporal que tiene enfrente habría que buscarle una voz que mejor le corresponda? Yo no sé cuántas veces me he sorprendido al advertir que, en efecto, muchas gentes que me hablan pareciera que se expresan con un timbre, una dicción y un énfasis que no les corresponde...
sábado, 21 de febrero de 2009
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