martes, 3 de febrero de 2009

ESTOY EN MACONDO...

Habrá un lugar más desesperantemente caluroso...? Un nombre universal que en su naturaleza y en su devenir diario apenas sea agobio, sencillez y simpleza en todo lo que se ve? Nunca hubiera creìdo que llegar aquì fuera a resultarme tan desconcertante. Y no lo digo por una cuestión meramente literaria. Este es el testimonio de una vivencia más fugaz que breve, pero que me resultará inolvidable por siempre...
Abandono Cartagena de Indias con la inquietud de llegar en algún momento a la expresión concreta de lo que en la mitología de Gabriel García Márquez es ese Macondo del que muchos hablan por la referencia creativa, pero al que nunca han llegado como fuente y caudal de tan consagrada inspiración.
Busco en Cartagena de Indias la manera precisa y directa de llegar a Aracataca, pero resulta que nadie tiene información y lo que se me dice resulta tan ambiguo, que no sé si atreverme a hacer el viaje. Nunca logro saber de dónde salen los transportes, a qué hora y cuánto tardan en llegar. Esta mañana tengo la indicación final y sobre esa última pista me voy. Evito tomar las busetas y mejor me voy en taxi a la terminal de buses que está tan lejana, que en varias ocasiones le digo al taxista si no nos hemos pasado o cuánto falta. Debo conformarme con un reiterado "Ya vamos a llegar... Es cosa de cinco o siete minutos..." Por último resulta más tiempo, pero al leer el rótulo del edificio terminal de buses me entra un poco de confianza. Voy a la oficina de información al cliente para saber en cuál empresa compro mi boleto, pero la morena que me atiende me dice, utilizando sus dos brazos extendidos en cruz que puedo ir allá o allá. Es decir, a dos empresas que curiosamente están a ambos extremos del mostrador de información. Por un impulso impensado opto por el que está a mi derecha y resulta que es ahí. Lo único es que me explican que no hay ruta directa, como me habían asegurado, y que debo quedarme sobre la carretera en un cruce que no logro dar si es donde se encuentra una gasolinera, un cambio de vías u otra parada de transporte colectivo. Pasan las horas. Trato de mantenerme muy bien despierto, pese al desvelo de anoche, no sólo por las vistas que ofrece el paisaje, sino por mi desconfianza en que el piloto o su ayudante no me vayan a avisar en qué lugar me bajo para el trasbordo. Este par de encorbatados y sudorosos personajes me repiten a cada pregunta, con una parsimonia exasperante, "Ay te digo, ya te digo". Una morena de gesto displicente que va a mi lado me permite el ejercicio de cómo entablar un diálogo convencional con alguien que supongo nunca más volveré a ver en mi vida. No me resulta fácil, pues se me antoja que su falta de trabajo, unos mandados que tiene que hacer, la visita a una parienta, no contar con dinero y carecer de novio como que le afectan y entonces se ha vuelto resistente, evasiva y poco cordial. No le interesa el paisaje, no le interesa la literatura y por lo mismo no lee, no quiere saber de las noticias de Colombia ni de ninguna parte. No es tan bonita ni tan hermosa. Es sencillamente un misterio hepático hecho mujer.
Llego al cruce, me dicen que me baje, sacan mis maletas cada vez más pesadas por tanto periódico y revistas, y me quedo plantado a la orilla de una pista de asfalto en cuyas cunetas hay un polvo fino y suelto que impide caminar con comodidad. Estoy justamente enfrente de una gasolinera. A un par de jóvenes que la atienden les pregunto cuánto tiempo falta para llegar a Aracataca y me dicen que de cinco a diez minutos. También les pregunto si hay taxis para llegar y me dicen que no. Alrededor mío me llama la atención que haya varios muchachos montados sobre unas motocicletas con los motores apagados. Y los de la gasolinera en un momento los señalan y me dicen que sólo puedo llegar en mototaxis. Les replico que las maletas no caben conmigo atrás del motorista. Entonces me dicen que mejor me vaya en una buseta. Y dónde están las busetas... Allá... Están a cien metros, en una especie de estación y cuando viene la primera la paro y voy para arriba. Antes de subir ya he pedido a uno de los motoristas que me tome una foto para comprobar el ambiente y la soledad de los cien años de sorpresas que ya habían comenzado. El piloto de la buseta me dice que le pase las maletas para colocarlas a la par de él... Pensé que ese podía ser un lugar especial para mí, pero me dice que yo me monte en los asientos interiores, para que vaya más cómodo. En el camino suben unos tres muchachos silenciosos, todos trigueños y muy sencillos, y yo me doy a conversar con el piloto que se muestra muy coloquial y obsequioso. Me da indicaciones de distancias, nombres de hoteles y lugares para comer. Pasan unos cinco minutos y llegamos justamente a la esquina que da con el hotel que me recomienda como primera opción. Nos despedimos y yo voy con mi cargamento buscando la puerta principal del hotel. No hay tal puerta principal... Cuando un tipo por ahí me dice que toque en la puerta de lámina que está al final de cierta casa y yo trato de encontrar el timbre, un par de muchachos se abalanzan sobre mí. De repente no sé con qué itención, sobre todo que el mayor va vestido como un fiero de feria, con hilachos largos y grises y una máscara de animal feroz sin clasificación alguna. "Me da una moneda...". No sé qué hacer o qué decir... Para qué querés la moneda se me ocurre decirle un instante después y me contesta que es para comprar sus cuadernos de la escuela... Tampoco sé cómo reaccionar... Le pido que mejor que toque el timbre...
Por un visor en forma de triángulo que hay en medio de la puerta se asoma la cara de una vieja. "Qué quiere...". Hay habitaciones...? "Sí. Espere..." Un poco después aparece un viejo que veo bajar por las gradas que suben desde la puerta. Estoy viéndolo por el triángulo. Abre la puerta, le hago la misma pregunta sobre las habitaciones y me dice que sí hay. Le pido a los muchachos que me ayuden a subir las pesadas maletas y mientras vamos por las gradas en sombras, le digo al señor qué número me va a tocar. "Cualquiera... Hay tantas que no sé cuál... La quiere con televisor y con ventilación?" Sólo con televisor... "Entonces aquella..." Entro y tomo fotos por todas partes... Estoy en Macondo... Los muchachos siguen pidiendo su moneda... Se las doy para que desaparezcan y busco dónde hay agua para lavarme todo lo que pueda... No hay... No sale nada en el lavamanos. En el baño encuentro un gran tonel y me imagino que con esa agua tendré para todo... El calor es excesivo. Me suda todo... No tengo tiempo para bañarme, pues me han dicho que la Casa Museo de García Márquez cierra a las cinco de la tarde y falta muy poco. Le digo a Don Carlos, que así se llama el dueño del Hotel El Porvenir, si me puede dar la llave de la habitación y me dice que no. Que puedo irme fuera del hotel y que cuando regrese me la da. Por supuesto, pienso, aquí no hay manual de instrucciones de nada, ni personal que haga caso. Sólo está él y su silente esposa...
He estado fuera toda la tarde... He ido por todas partes... He tomado incontables fotografías... He conversado con no sé cuántas personas para tratar de precisar cómo es esta gente que me parece extraña... Hasta fui a Misa... Una Misa de Salvación, con oraciones adicionales a la Eucaristía normal y hasta con exposición del Santísimo... Dentro de la iglesia tomé fotos y durante la Misa canté, me dí el abrazo de la Paz y pude contemplar los semblantes de las viejas en oración y de las jóvenes que en su hermosura y encanto al ver y al caminar, parecen tan alejadas de cualquier versión del pecado. Sólo pensé que, lamentablemente, con el paso del tiempo no hay duda que pararán viejas y santurronas como las penitentes que me han acompañado en la liturgia...
Antes de la Misa fui a la Casa Museo de García Márquez. He tenido que llegar al Restaurante de Gabo, donde he conocido a Rafael Darío Jiménez, su propietario y coincidente responsable de esa Casa Museo, para saber lo en ella supe por boca del policía de guardia. Sin la información de Rafael no hubiera sido oportuno referirme a la visita...
Se hizo de noche... Creo con mayor seguridad que ahora sí estoy en Macondo... Por qué... Voy a agregar algo más en otro momento. Están cerrando el internet y me voy. No quiero que se haga tarde y de repente tampoco puedo entrar en el hotel...
No hay duda... Estoy en Macondo...

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