En contraste con lo fogoso del día y la intensidad de su luz, esta jornada ha sido para mí de una profunda pesadumbre. Sentimientos recónditos han encontrado los resquicios para impregnar mis horas de una tristeza que no se acabará nunca. Hace muchos años que vivo las intermitencias de un pesar furtivo. Tan sutil, lánguido y silencioso, que nadie podría imaginar que me habita más allá del rostro sonriente y el ademán resuelto de los años maduros que conoce el mundo... La vida es recuento de una aventura que algún día tendrá fin, pero que a muchos de nosotros les llegará como a esa jovencita cuya vida fue una síntesis ejemplar de gozo y agonía, de hondura existencial y el dolor más vivo, de conciencia plena y un ocaso prematuro y abrupto.
Mis recuerdos no me llevan a sus primeros años, cuando con toda seguridad los arrullos de su madre le hacían lucir la brillantez de su mirada y desplegaban esa sonrisa que siempre cautivó por cándida y simpática a la vez. Siempre fue menuda y graciosa. Sensible y temerosa ante el agobio de sus hermanos varones. Era la última de la familia y por lo mismo sujeta los trajines varoniles que la enrolaban en juegos y bromas a veces rudos y grotescos, en tiempos en que se consagraba lo femenino como sinónimo de abnegación, recato y silencio. Habia que garantizar las mejores réplicas de ese modelo de mujer que consistía en ser fieles siempre y en todo lugar. Además, la misión esencial ineludible de las que vendrían a ser damas intachables, era convertirse más tarde que temprano en esposas y madres. Para recomenzar el ciclo generacional que iba del nacer al procrear y después morir.
Aquel hogar era humilde y sus carencias, si bien no apremiantes en extremo, sí restaban satisfacciones al diario vivir. No era un hogar con vida plena. Era una familia organizada en su estructura básica, en la que el padre era un obrero honrado, responsable y rutinario; la madre, una mujer fundida en el amor por su esposo, si bien con el costo de haber renunciado a los ideales de la vida holgada y plácida que nunca pudo tener. En cuanto a los hijos, un ambiente de libertad de conciencia inspirado por la madre, en un extraño equilibrio de contención por las actitudes sencillas y precavidas del padre.
Qué pocas experiencias significativas quedan impregnadas en la memoria durante tan pocos años de vida compartida con esa niña y esa adolescente que apenas pudo revelar su personalidad. Sus ocupaciones siempre fueron ese mínimo de posibilidades dentro de lo convencional: ir a la escuela y aprender por fuerza... (si no, a qué se va a la escuela...); ayudar en cuidar sus cosas, en arreglar sus cosas y en ocuparse siempre de sus cosas; jugar con sus muñecos hasta que se fueron consumiendo; salir de paseo siempre bajo la tutela familiar y casi siempre con un destino familiar; vestirse con recato y gracias a las artes laboriosas de la madre que siempre supo hacer el mejor aprovechamiento del regalo de ropitas que llegaban de familiares acomodados, como muestras preliminares de lo que ahora son las "pacas". En fin, una vida simple pero decorosa, una vida sencilla pero con sus toques de alegría, hasta que llegó la tragedia, el sufrimiento, el dolor y la muerte...
Sí... Aquella pequeñez de mujer que apenas alcanzó a balbucear las ilusiones de la vida, cuyas emociones no pasaron del afecto del hogar, de una que otra compañera de la escuela, y una que otra vecinita igual que ella, tímida, aprensiva y juguetona, se escapó de este mundo meses después de sus quince años... Supo lucir su belleza trigueña en la ingenuidad de concursos escolares, que la madre aprovechaba para el despliegue de sus habilidades de costura, haciéndola aparecer con la fantasía de personajes de oropel: una gitana, una torera, una hawaiana... En la simpleza de los tiempos estas fueron hazañas que hicieron recordar su nombre mucho tiempo después que muriera. Sobre todo en contraste con las tragedia que padeció antes de su fin.
Una vida sin futuro... Esa fue la vida de esta niña que en trance de la adolescencia padeció el horrendo accidente de unas quemaduras en su rostro y en sus manos. Ahí acabaron su sonrisa y la gracia de sus ojos. Ahí perdió la galantería de sus ademanes seductores. Ese fue el principio del final de ella, el de su madre y el del hogar. Tras dieciseis o diecisiete operaciones de cirugía plástica, según el recuento casi legendario, fue posible que recobrara su salud básica. La física, porque la emocional fue compleja en un vaivén de abatimiento y reciedumbre hierática. El dolor se instaló largamente en esa casa. Una vida sin futuro... La muerte llegó con el terremoto del 4 de febrero de 1976. No hubo tiempo de consagrarse a ella. La tragedia obligó a sus funerales el mismo día. Todo era precipitación. Todo era angustia. El hogar recibió un golpe irreparable en sus bases emocionales y afectivas. La madre no quiso volver a vivir. Habían sido el colmo los años de su recuperación después del accidente. Esto era incontrolable. El terremoto prolongó sus estragos después del entierro de la quinceañera. La madre ya no quiso vivir más. Ante la súplica o el reclamo de su hijo mayor, ella sólo ansiaba morir. Y así fue. Tres años después llegó el entierro de la madre. Y el dolor de su muerte también recorre todos los días en lo poco que queda ded aquel hogar. El padre, aferrado a su fe y temeroso de más dolor, no pudo llegar a ser más que un paciente y doliente espejo del desbaratamiento de su hogar. Hasta su muerte hace cinco años, que no parecen haber durado tanto...
Aquella niña sin futuro, aquella joven sin futuro, nació un día como hoy, y está vivamente lejana en la memoria. Pocos la recuerdan ya, pero yo no puedo olvidarla nunca... Su padre fue mi padre... Su madre fue mi madre... Y un día estaremos todos juntos en el mausoleo familiar... Se llamó Claudia Arabella, si bien durante su corta vida siempre se le dijo La Nena, y fue mi doliente hermana. En el silencio de esta noche de lóbregos recuerdos tengo fija su mirada ante mis ojos. Veo nuevamente su rostro lívido, me inclino sobre su frente fría, tendida como está en el patio desolado de la casa y le beso con la mayor desesperanza... Escucho las quejas y congojas de mi madre, el dolor hecho mujer, veo el rostro desolado de mi padre, clamando perdón y misericordia, y en mí sigue habitando una tristeza infinita...
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