Uno de los grandes desafíos del mundo contemporáneo es vivir de manera organizada. En todo sentido. Y resulta más que evidente ese logro cuando cada año, con el correr de los meses, al devenir de los efectos naturales, en épocas consecutivas de frío, vientos, sequía, lluvias, vientos, y vuelta a comenzar, también corresponden los ciclos celebraciones, costumbres y tradiciones que alientan a los seres humanos en el mundo entero, a los guatemaltecos dondequiera que nos encontremos y en particular a los antigüeños, tan apegados a todo aquello que signifique el gozo de la convivencia. Es así como desde las primeras luces del primer día de cada año estamos ya previendo lo que vendrá, dispuestos a disfrutar lo que la vida nos va deparando. Parte esencial del ciclo de celebraciones durante el mes de junio son esos dos días que de manera tan entrañable ocupan nuestros sentimientos y nuestra gratitud: el Día del Padre y el Día del Maestro.
Ambas celebraciones tienen su explicación histórica en el almanaque, pero ahora nos ocupa una reflexión acerca de lo que ha significado en nuestra vida cada una de ellas y lo que puede seguir significando, con esa visión de trascendencia con la que siempre debemos vivir nuestro presente y su edificante proyección futura.}
Se me ocurre comentar de qué manera opera la condición de Padre en la vida de hombres que en una gran diversidad de edades y muchas veces sin la devida previsión, de repente se ven con un niño o una niña entre sus brazos, un nuevo ser sobre la faz de la tierra que ha nacido por su capacidad de engendrar vida y cómo cambia su visión del mundo a fuerza de un ejercicio de responsabilidades que se ajustan diariamente, a lo largo de muchos años, si dichosamente puede ver crecer sus hijos y atenderles en todas sus necesidades: desde el alimento, la protección, la salud, la educación, los roles ciudadanos y tantas situaciones como compleja es la vida.
Qué evolución más sorprendente la de un Padre en su relación con sus hijos... Cuánta puesta a prueba de la capacidad de darse de manera incodicional, fiel a los sentimientos, abnegado ante la entrega, generoso ante la dedicación..., comprensivo, tolerante, respetuoso, paciente... Y pensar que es asimismo una realidad inevitable ese conflicto generacional que funciona como factor de oposición y cuestionamiento entre Padres e Hijos, cuando en el proceso de crecimiento de estos hay un impulso vital para definirse y ubicarse en un tiempo y espacio que les compete. Después de haber abandonado los pañales y la pacha, después de haber incursionado en los conocimientos formales que ofrece la escuela y el instituto o colegio, luego del ejercicio que obliga la relación con otros jóvenes, en la diferencia de los sexos y la confirmación de la personalidad, aquellos niños tan dependientes son ahora hombres y mujeres que luchan por ocupar su tiempo y su espacio, con las características de su personalidad, unas venidas por el ADN y otras por el determinismo de la interacción social.
Mientras, ese Padre abnegado, generoso, tolerante, comprensivo y respetuoso sigue fusionado en el amor por el hijo y por la hija, advirtiendo la ruta por donde habrán de continuar su vida, sin que aquellos lo sepan todavía. Y como un tutor que trasciende todo tiempo y todo espacio, siempre está ahí para seguir alimentando con consejos y con su ejemplo, esas vidas que un día gestó y formó, que seguirán su propia existencia más allá del final de la vida del Padre que tendrá su día postrero.
De igual manera, en lo que al Maestro se refiere, qué tributo no merece ese ser, hombre o mujer, que por vocación, por un compromiso ante sí mismos y ante la sociedad a la que pertenecen, han asumido el rol de formadores, de desarrolladores de la personalidad de niños y niñas, luego jóvenes y más tarde adultos en tan diversas instancias, habilitándoles para vivir según sus capacidades y orientándoles para que en la ruta de su vida puedan a gozar la plenitud de su existencia. Se habla de La Misión del Maestro, puesto que en su labor hay todo un desempeño de valores que con el correr del tiempo vendrán a reflejarse en la vida misma de esos educandos que convivieron la etapa vital de su formación. Sobre todo en los primeros años, cuando el ejercicio vital de niños y niñas se va sugiriendo en sus expresiones más sencillas: rayones en los que luego cobrarán forma las letras del alfabeto; balbuceos, que luego serán sus incipientes lecturas en voz alta; garabatos, como ejercicio de lo que serán sus dibujos posteriores hasta su creación plástica; maneras, modos y gestos, sujetos a la mejor orientación del Maestro, porque de ello dependerá que niños y niñas vayan asumiendo una actitud digna, una personalidad responsable, un comportamiento consecuente con los valores y principios que sustentan, identifican y prestigian a la comunidad antigüeña.
Junio es el mes en que cobra énfasis el reconocimiento al legado de Padres y Maestros, en una curiosa simbiosis en la que las cualidades de uno no pueden dejar de ser las cualidades del otro. No hay Padre que no sea Maestro y no hay Maestro que no cumpla la misión de un Padre. Por eso, en junio y por siempre, el reconocimiento entrañable que ambos merecen, porque su obra es el legado que nos sostiene por siempre. Cada uno de nosotros que ha sido hijo y alumno de ambos, somos portadores y mantenedores del legado de su vida y sus enseñanzas. Es todo lo que ellos nos dieron lo que hace que hoy y siempre seamos lo que somos. Por eso, en junio y por siempre, el agradecimiento entrañable que ambos merecen. En esta última línea quiero decirle a mi Padre mi entrañable amor y mi hondo pesar por no tenerle con vida. Y a mis Maestros mi gratitud porque sus enseñanzas me permiten vivir a plenitud mi condición de antigüeño, con la responsabilidad, la honradez y el decoro que ello exige.
miércoles, 13 de mayo de 2009
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