domingo, 17 de mayo de 2009

"SAN ISIDRO LABRADOR: QUITA EL AGUA Y PON EL SOL..."

"San Isidro Labrador: quita el agua y pon el sol...". Así, repetida una y otra vez, con una sonoridad a dos notas, insistentes, monótonas, resuena en la memoria auditiva esa oración que me viene desde mis años de niñez, cuando al alborear el mes de mayo se iniciaban los preparativos para la celebración de esa personalidad del santoral católico que tiene en el día 15 de mayo la fecha conmemorativa para su culto y sus alabanzas. Aparte de la referencia biográfica que pueda decirnos, por ejemplo, ese legendario "Libro de los Santos" de Butler, basta la típíca indumentaria sencilla y los atributos que la Iglesia Católica tradicionalmente le ha conferido a San Isidro Labrador, para encontrarnos con un hombre de vida rural y prácticas consecuentemente campesinas. Es por ello que de inmediato van mis recuerdos hacia esa atmósfera connatural con la personalidad del santo en la que ví por primera vez su imagen. Imagen que desde hace por lo menos cuarenta años a la fecha no ha variado en el registro de mis evocaciones, como tampoco ha sido diferente en el reencuentro que he tenido con ella esta misma tarde, después de por lo menos unos tres lustros sin haberla vuelto a ver...
"San Isidro Labrador: quita el agua y pon el sol...". Oración monótona que aprendí a pronunciar cuando desde niño iba a un territorio fuera del paisaje de la urbe colonial de mi ciudad natal, donde esa imagen campirana gozaba del culto de seres dedicados al cultivo de la tierra. Un inmenso territorio, tan grande para mis ojos de niño, que sus caminos escabrosos atravesaban un río y grandes extensiones de cultivos variados, hasta llegar a las lejanas alturas de una montaña, en cuya cima podía contemplarse las inmensas extensiones que bajaban hacia el poniente lejano, propiedad de otros terratenientes legendarios. Este universo vegetal era la Finca "El Portal", donde para nuestra dicha y la suerte de mi Tío René González y familia, él tuvo el cargo de Administrador por lo menos durante casi treinta años. Largos años que correspondieron a incontables vivencias de nuestra niñez, nuestra adolescencia y la adultez incipiente.
Conforme el trato de los tiempos, San Isidro Labrador era el Patrón de la finca, conforme la advocación consagrada por la iglesia. Y de esa manera ocurría cada año su celebración con una pompa que iba más allá del ritual de Santa Misa y Procesión, porque cabía para nuestra dicha, como digo, que el Tío René fuera no sólo un devoto de la imagen sino del agasajo profano, del buen vivir y la parranda. Es así cómo al alborozo característico de los festejos populares que tenían lugar en el casco de la finca, dentro de su residencia, correspondiente a lo que podría denominarse la casa-hacienda, ocurría lo que un festejo podía ser llevado según la holgura y el derroche de los tiempos. Sin exagerar, fieles a la realidad, ahí había de todo en abundancia: comida y bebida, gente para atender solícitamente, música sin límites de plazo, tiempo para pasársela holgados, lugar para el reposo y el sueño... Qué se entiende, gozársela plenamente y sin restricción alguna. Ese era, por supuesto, el ámbito de los señores y señoras de entonces, hoy muchos ya fallecidos. Pero para los niños y jóvenes que éramos, esa restultaba ser la atmósfera tutelar en la que podíamos ambular a nuestro sabor y antojo, compartiendo los mismos placeres terrenos que ofrecía la hospitalidad familiar del Tío René, pero con plena libertad de escurrirnos dondequiera que pudieran llevarnos nuestros ojos, nuestros piés y nuestra sed de aventura en ese sinfín de vericuetos que hacía de la finca una extensión en la que podíamos fundirnos entre la realidad y la irrealidad. Cuando tantos años después he podido seguir incontables líneas de libros de aventuras, casi no encuentro comparación con lo que esa finca en esa época le deparó a mi vida y lo que al día de hoy le sigue deparando, cuando pude experimentar los sobresaltos de la realidad fundida con la magia y las deslumbrantes e inagotables sorpresas de soñar despierto...
Poder llegar sin restricción alguna, sin importar la hora del día o la lejanía de los ambientes, hasta donde la sed de nuestra curiosidad nos llevara y hasta donde nuestras fuerzas lo permitieran. De qué manera recuerdo la ronda entre los árboles de fruta, cuchillo afilado en mano, para rebanar las cáscaras de cualquier cantidad de naranjas, limas o limas-limón quisiera disfrutar. O aporrear las ramas de las acerolas y los nisperales para comer las pequeñas frutas que estuvieran más grandes, más maduras y más dulces. Qué decir la emoción de corretear por la huerta, junto a la toma del Río Guacalate, donde se alzaban sobre los surcos de la tierra fértil las acelgas, las lechugas, las remolachas y las zanahorias. Para luego trotar por caminos que llevaban a un orden de casas sencillas, pintadas de blanco, con su correspondiente cerco divisorio, bajo aquellos inmensos árboles que a veces eran de injerto o a veces de aguacates criollos. Se llamaba "la ranchería", donde vivían muchos de los trabajadores de la finca, con sus hijos y sus padres y a veces con sus abuelos, de tal manera eran viejas esas familias que llevaban muchos años de servir en la vida campesina de la finca. Me parece que no ha pasado el tiempo cuando me veo acompañado de Amparito, la esposa del Tío René, con un canasto en la mano, preguntando de casa en casa si había huevos "para echar", dado mi gusto por entonces de criar aves de corral, con especial gusto y dedicación por los gallos y gallinas que, para divertirme con la diversidad de colores que pudiera lograr, mezclaba huevos de distintas procedencias para asegurar el más abigarrado resultado. Era por eso que con cada empollada nacían para mi sorpresa animalitos de muy diversa combinación de plumajes, tamaños y posturas. (Llevo muchos años de no jugar a este tipo de crianza, pero si me atreviera de nuevo, que ganas no me falta, haría los mismos experimentos de buscar huevos al azar para tener el más abigarrado gallinero.)
El recuerdo también me hace encaminar los pasos por una pequeña construcción en la que estaba el beneficio de la miel de abeja. Ahí, paciente como no podía ser de otra manera, Don Luis Gonzáñez, "Chinchivir" de apodo y sin parentesco familiar,en el cuidadoso proceso de extraer la miel de las placas de los panales, en una sencilla y práctica máquina centrífuga, activada a manivela.

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