Los momentos que van acercándome a la medianoche me resultan particularmente emotivos... Acabo de volver a casa después de permanecer unas horas en el velorio de un señor de edad, viejo conocido y padre de amigos de mi niñez. He dejado la casa donde apenas quedan pocos familiares y unos cuantos amigos de esa familia. He recorrido en mi carro la soledad de las calles medianamente iluminadas por los escasos faroles que hay, con sus luces tenues que no dejan de inspirar mayor languidez al paisaje nocturno de esta entrañable ciudad natal. No hablo de soledad y nocturnidad más silencio, para hacer resaltar lo xxx de esta vivencia en tránsito, porque sobre esta visión desoladora y casi tétrica se cierne una tormenta agresiva y estruendosa. Son intensos los chorros de agua que se vuelcan desde el cielo y son caudalosas las corrientes que inundan las calles de acera a acera. Es la primera tormenta de la anticipada época invernal, más intensa cuanto más irrumpen los estruendosos rayos que estremecen la desolación que nos sobrecoge.
Estoy en una actitud de oír llover. De dejarme llevar por las reacciones sensoriales ante la primera precipitación intensa de las lluvias de este año. No es esta una visión poética. Es una émoción dramática y doliente. Venir con las imágenes del luto por la famila doliente del viejo muerto y atravesar las penumbras solitarias que sacude la tormenta no me hace sino sentir más vivamente la fuga del tiempo y la finitud de la vida. La del hombre que hoy se ha rendido a la muerte y la de los que se rendirán después, en cuenta yo, por supuesto. Estoy tan consciente de vivir en el filo de la fatalidad...
viernes, 8 de mayo de 2009
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